PATRÍA, TEMBLOR Y SUEÑO

Hay una idea aturdida en mi mente tratando de hilar el juicio de mi ira. En algún momento este desborde debió de iniciarse, pero hoy, en lo ancho de mi cama, el cuerpo me pesa y pensar ha sido la materia más dolorosa. Tengo que despertar. Miro el desorden de mi habitación, ha sido imposible ponerle orden mientras mi país se cae más y más en cada oportunidad. 

Logro levantarme sin música, ya que todo sonido me enajena. Me alimento con los restos de caramandungas que guardé en la maleta del 14, caramadungas que no pude compartir con mis compañeros brigadistas porque el hambre de la tripa se ausenta con tanta indignación. Desayuno rápidamente y asisto a mi cita oncológica. Me duermo en la camilla, desnuda, con la bata que me dieron para cubrirme mientras espero a la doctora encargada de revisarme en el despistaje. Salgo del lugar rumbo a Miraflores, una idea dolorosa sigue dando vueltas en mi cabeza, es la vida inutilizada y un vacío alarmante, preocupante conciencia de injusticias alimentando la fe y el deber, ahínco maternal o de ciudadano, que acompaña mi camino soluble hacia el homenaje a los caídos. 

Aquí, en una secuela de procesión, la gente lleva y acomoda las flores, dibujos y notas para Inti y Jack. Yo, parada frente al retablo donde están siendo acomodados los regalos, observo a Améliè acomodando las velas encendidas que no se resisten al viento, siendo apagadas como cierta esperanza a la probidad. De mi boca salen palabras susurrantes llevadas también por el viento -Son más, son más muertos, son más-. Veo a Améliè a los ojos, quisiera contarle todo lo que pasa por aquí, adentro, pero sólo atino a cambiar de pensamiento por cansancio. La garganta, la nariz, los pies (el cuerpo) aún duelen. 

Hablemos directamente del 14N. Ese día no se debe olvidar jamás. Insisto, no lo olvidaremos.
En tanto, empecemos con esta realidad mal parida. Gabriel García Márquez, decía: "Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez". 

Decidí con mi amiga a partir del 10 de noviembre, después de salir de la marcha ya llegada la tarde y de tratar de hacer lo que se podía sin implementos, que debíamos juntar gente y regresar más preparadas para asistir a las personas que fueran afectadas. Ella, bombero con capacitaciones de paramédico. Yo, terapeuta física con capacitaciones de la Cruz Roja. Sea cuál sea el caso, creí que sólo íbamos asistir lesiones leves y desmayos, ya que ese día vimos esos casos, siendo también afectadas por las bombas lacrimógenas. Pero les soy sincera, nunca pensé que desde entonces las noches se volverían tortuosamente salvajes. 

El jueves 12 de noviembre fue la prueba exaltante, ya éramos algo de siete brigadistas voluntarios, de pronto nos vimos acorralados por la Av. Abancay, salimos tratando de calmar a la gente que corría, brindando vinagre y observando actos extraños: ternas infiltrados tratando de generar paranoias, empujando y riendo sarcásticamente a un lado. Como muchos otros, nos vimos rodeados de policías generando disparos por el Jr. Leticia. No podías salir ni por Piérola ni por Grau, ambas avenidas estaban siendo bombardeadas y ya veías caer a los primeros heridos, cartones encendidos en una esquina y a la gente buscando por dónde salir. Recuerdo que pedíamos a las personas que se metieran a sus casas, que sacaran a sus hijos de allí, hasta que en algún momento llegamos a Palacio de Justicia. Lugar que también fue bombardeado de perdigones y lacrimógenos. Parecía que no había tregua. Tuve que retirarme con dos personas que nos acompañaban en el grupo para realizar su manifestación pacífica, salí para evitar cualquier incidente con ellas al ver que empezaban a tirar bombas lacrimógenas en pleno Paseo de los Héroes, berma que separa Palacio de Justicia del Museo de Arte Italiano, y, en las dos vías de Paseo de la República, qué ironía. Todo lleno de humo.

 Decidí avanzar lo ante posible para que ellos apoyen sin demora a los afectados y para no perdernos, se programó un punto de encuentro, el cual tuvo que cambiarse al también llenarse de gases todo el Parque de la Exposición. Los exhibidos y desprotegidos ahora éramos nosotros, los ¡so junas! avanzaban y disparaban sin más. Les puedo asegurar que la gente sólo ya estaba caminando. Y así siguió, hasta que hallamos una tienda y el Señor nos dejó ingresar, afuera se escuchaba disparo tras disparo y no pararon hasta que toda la Av. 28 de Julio estuviera llena de gases y ausente de gente que sólo corría para escapar de los gases. Hasta la gente de los edificios empezaban a tirar botellas de vidrio a los policías, gritaban: ¡abusivos! ¡abusivos!

 Mis compañeros pudieron ayudar a ciertas personas, sólo uno se vio afectado por perdigones y el resto por las bombas que caían por su lado. Al terminar esa noche nos dimos cuenta de que cada día estaban más agresivos. Ya había arrestos, heridos y una supuesta muerte. Esa noche dormir fue complicado, mientras en el congreso aprobaban leyes vergonzosas y tan cínicas, mientras felicitaban a ese tal Lam. Sabíamos que esto era el inicio pero continuamos.

Sábado 14 de Noviembre de 2020 

Desperté temprano para guardar todo lo que faltara: gasas, povidona, paracetamol, tramadol, agua pura, tijera, guantes, lentes, mascarillas de repuesto, agua oxigenada, pañitos húmedos, vinagre, agua con leche de magnesio, pañueletas que puedan servir como férulas improvisadas, telas que puedan ayudar a hacer un torniquete y más.

Melissa vendría por mí y llegaríamos por la tarde a la manifestación con cascos e insignias que nos identifiquen. Los hermanos Huamán improvisaron unos escudos que se volvían camillas. Usaron la alfombra gruesa de su madre (su madre aún ni se entera). 

Ya en el centro de Lima nos unimos a otro grupo para hacer seguimiento y apoyarnos, ya que uno nunca sabe. Estábamos preparados para lo malo más que para lo bueno. Incluso teníamos un Habeas Corpus micado con los datos legales de nuestros abogados. Llegando ya la noche, podías ver como muchos tenían linternas incorporadas en sus cascos, dado que ese día por la redes de Anonymous se filtró la información de que iban a efectuar un apagón en Plaza San Martín. Otros brigadistas vinieron más preparados, con camillas completas y maletas gigantes de primeros auxilios. Todo era pacífico, los carteles y la música aún sólo eran los hashtag de la semana y no escudos antibalas para protegerse de los "perdigones". 

Parados aún en la plaza, tratábamos de organizarnos, a mí en lo personal y en ese momento, me gustaba observar a los nuevos integrantes. Hasta que llegó el momento de alistarnos y avanzar. En mi torpe implementación, trataba de ponerme el casco con los lentes y la mascarilla antigás que se empañaba sin dejarme ver con claridad. Tuve que retirarlo ya que llevaba encima mi casaca llena de implementos, mi morral y el casco que calentaba mi cuerpo. No me gusta sentirme apretada ni con mucha cosa encima, me gusta andar a la ligera, fresca, pero era imposible esa comodidad si ibas a meterte sin maletas a asistir a los compañeros manifestantes. Necesitabas todo a la mano. Así que sin remedio, logré acordarme. Y ya siendo casi las siete y algo, dimos marcha hacia el parque universitario. Nos quedamos allí tratando de avanzar y viendo delante de nosotros a jóvenes de las barras tratando de dar paso a los manifestantes de atrás. Y aunque sé que hay una prensa desinformativa e individuos que tachan las protestas de agresivas, les diré que nunca vi tanta unión y trabajo conjunto para mantener la marcha de modo pacífica. Los barristas con sus diferentes camisetas, unidos. Skaters ayudando a los desactivadores de lacrimógenas, con sus escudos hechos con dos skate unidos que soportaban perdigones y bombas. Todos ellos adelante, arriesgándose por el hermano de atrás.

De pronto, todo se tornó más ruidoso y violento. Cada grito llamando un paramédico nos transportaba a unas escenas de películas bélicas. Estábamos en la trinchera, esperando cada señal o grito de los compatriota que necesitaban ayuda. Se aguantó gaseada tras gaseada, veías por todo lado jóvenes con la pierna o la cabeza vendada y que aun así regresaban a la primera línea. Mujeres y ancianos desmayados, saliendo del frente, a los cuales se le tuvo que atender con paños de vinagre y algodón de agua con leche de magnesio para los ojos y luego pedir se les retirara del lugar. Pulsos por tomar, conciencias por evaluar y solicitud de ayuda a los chicos de las barras para que retiraran a los que estaban estables fuera del lugar belicoso, ya que ese espacio se volvía cada vez más irrespirable. Piernas con heridas expuestas, cabezas sangrando bajo el vendaje, tórax con hematomas por los impactos, gritos, lisuras, impotencia y ganas de destrozar todo, pero sólo ganas, porque créanme que hasta una se aguantó la rabia, todos aguardaron, soportaron, hasta que bombas lacrimógenas fueron lanzadas desde techos y esquinas, imposibilitando la visión y la respiración. 

Ese día faltaron manos, no se pudo ayudar a todos. Recuerdo a un joven de figura delgada y polo negro, tenía una contusión en la cabeza, mientras se sujetaba la cabeza y reflejaba su desorientación, preguntaba cómo salir de ahí, pero justo en ese momento el humo nos hizo perdernos uno de los otros, todos trataban de aguantar la respiración y no perder la conciencia. Paramédicos, médicos y chicos en general con los ojos rojos y el pecho a punto de cerrarse. Al caerse mi mascarilla inhalé todo el gas que me rodeaba, algunos cayeron al jardín de la parroquia que estaba a mi izquierda frente al parque universitario. Tuve dos bombas lacrimógenas delante de mi pie izquierdo, uno por mi lado derecho y dos más atrás de mi compañera que se hallaba atrás mío. Empezaban a apuntar perdigones a las piernas, Melissa se salvó de unos, en ese mismo transcurso no aguanté más la respiración y mi compañera tuvo que darme su mascarilla, no podía respirar y solo opté por concentrarme en técnicas de respiración, espiración lenta e inspiración forzada. Hasta que poco a poco, al salir del manto de humo, pude recuperar mi postura, no antes sin que una chica me rociara vinagre a la cara y siguiera avanzando a tirarle el spray al rostro a todo el que se le cruzaba. Todo el parque universitario se llenó de bombas y perdigones, paramédicos auxiliándose entre ellos mismos, algunos atrapados sin salir del parque, agachados, esperando se disipe el humo desprovisto, lanzado adredemente en todo Nicolás de Piérola. 

La prensa con sus chalecos antibalas salió huyendo sin pasar por los canales lo que acababa de pasar. Mientras caminábamos con Melissa hacia Jr. Lampa, vimos a los chicos siendo atacados a perdigones y también gaseados sin reparo, atendidos por el otro grupo. Antes de doblar y seguir hacia el Sheraton donde teníamos que encontrarnos con todos, nos cruzamos con dos compañeros del otro grupo que nos informaban que uno había sido herido en la pierna. El compañero Cano posteriormente haría su denuncia al Hospital Almenara por negligencias médicas, ya que su herida "leve" resultó ser una fractura de tibia que ellos mandaron a casa con una receta de paracetamol. 

La noche continuaba cerca al Palacio de Justicia con gritos que confirmaban los primeros muertos. Siendo casi la media noche, los de nuestro grupo comentaban otros posibles casos de fallecidos y centenares de atenciones de primeros auxilios a lo largo de la noche. Al acabar la noche los cacerolazos en el transcurso a casa resonaban, madres llorando por sus hijos desde casa, hermanos y amigos desaparecidos y un cúmulo de impotencia y rabia, bañaban entre lágrimas y cloro, al dolor y al virus. 

Despertar fue necesario, despertar fue una jaqueca con los ojos inflamados, el pecho adolorido y el estómago revuelto. Las piernas y el cuerpo se soportaban aún. Era imposible no pensar en los que faltaban y en todos los que faltó ayudar. Era imposible no tratar de recordar los rostros. Aún podías escuchar el sonido de los disparos, aún podías sentir el olor de las bombas. Era imposible no exaltarse a sonidos referidos o no sentir el olor de las bombas como perfume impregnado que suelta su aroma como una flor en ciertas horas del día. 

La semana más intensa de mi 2020 pasaba como un taladro por mi cabeza a punto de perder el orden de mis nervios. El aroma a fluidos, humo y muerte no se reconocía aún. La injusticia empezaba a verse con rostro y uniforme. Centro de Lima y el pueblo, esperan aún. ¿Moral autónoma o moral heterónoma?, diría Kant. Voluntad. 

Jhulmir De los Santos Gómez
 
Noviembre,2020

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